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Mensaje por Midas el Sáb 31 Ago 2019 - 21:05

Aquella era una cálida mañana, como cualquier otra, rebosante del brillo veraniego que aquellos días inspiraban. Una suave brisa cubría las florales praderas, esparciendo el preciado aroma por todo el lugar, hasta el más recóndito callejón de aquel pintoresco pueblo. Pueblo... más que un pueblo, aquella era una ciudad pequeña, pero bueno, casi no cruzaban forasteros por allí, y entre ellos no había ningún desconocido, por lo que solían considerarse ellos mismos un insignificante pero acogedor pueblo. Era extraño, a decir verdad; la mayoría de las ciudades se construyen en cimas de colinas, o mínimamente en la zona más alta de las cercanías, pero aquel poblado estaba en una zona baja del territorio, casi hundida. El paisaje era hermoso, nadie lo niega; verdes pastos cubiertos de diminutas flores coloridas se veían a la lejanía desde cualquier punto de la ciudad, como si fueran su propia muralla. Pero era todo lo contrario; cualquier ejército de vándalos, por pequeño que fuera, con unos cuantos arqueros podían asolar la ciudad sin el más mínimo problema. No parecía ser un problema del que aquella gente estuviese consciente, pero vivían grata y prósperamente. Mientras siguiese así, no habría ningún problema.

Hacía varias décadas que Midas no pasaba por allí, más de las que un humano pudiera sobrevivir. Recordaba la sorpresa que le dio al toparse aquel lugar por primera vez; se creía perdido, en medio de la nada, no había rastro de otra alma en kilómetros a la redonda, y de la nada, simplemente apareció ante sus ojos. Sí, así de simple. Aquella "hendidura" en la tierra provocaba que si se estaba a al menos cien metros de distancia de los límites de la ciudad, no la veías. Muy probablemente, aquel poblado no se había expandido más precisamente porque en sus límites ya comenzaba una creciente pendiente hacia la superficie. En aquel primer encuentro, conoció a un pequeño que le cayó extraordinariamente bien, le dio refugio con si familia unos días, y le ayudo a curar unas heridas que en aquel tiempo sufría. Como gratitud, Midas les obsequió centenares de kilos en oro. Sin embargo, para su grata sorpresa, aquel poblado estaba tan exiliado del resto del mundo que no vieron gran valor en aquello que les dio; No eran estúpidos, sabían su valor, pero en aquella tierra tenían sus propias leyes, tradiciones, y la economía no funcionaba con dinero, sino con algún tipo de trueque. El oro era muy bello, sí... Pero era más útil un litro de leche. Con oro no llenabas la barriga... Al volver un tiempo después, descubrió que ni un gramo del oro había salido del pueblo, y lo habían fundido para adornar carteles, macetas, estatuillas, y un sin fin de cosas por el estilo. En su mejor momento, aquel "pueblucho" parecía digno de la nobleza, pero con simples campesinos habitándola.

Hoy, Midas regresaba, para golpearse de lleno con sus bellos recuerdos; si bien los edificios no eran los mismos, el estilo no había cambiado en lo más mínimo. El oro ya no se encontraba en pocos adornos macizos, sino que cada puerta, ventana, maceta, estatua, y cuanto adorno se encontrara en las calles, todo estaba laminado con hermosos dibujos en oro. Sinceramente, no había en el mundo otra ciudad más bella, en opinión de Midas. La cantidad de gente era muy superior a su antigua visita, pero extrañamente varios de ellos parecían ser extranjeros... ¿Con el tiempo, aquel lugar se hizo un tanto conocido?

La plaza central estaba abarrotada de gente. Muy pocos eran los que parecían ser de fuera, pero los habían. Mil y un puestos estaban asentados allí, ofreciendo cualquier tipo de producto, desde comestibles hasta herramientas, desde adornos hasta bellos ropajes. Todo, salvo armamento. La gente del lugar era muy agradable y pacifica, pero veían muy mal a cualquiera que entre en su territorio portando armas o armadura. Le causó gran placer notar que seguían sin aceptar dinero a cambio, incluso si eras un forastero; si querías algo, debías dar otra cosa útil en su lugar, ya sea un bolso de buena calidad, un cuchillo bien afilado, o deliciosa comida.
Midas
Midas


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